


Biorrelatos: Black Dove
Black Dove pasó 3656 días de pie, aferrado a los barrotes de su celda y sólo los abandonó para dormir. No hablaba nunca y comía lo justo para no morirse. El Sol recorrió fugaz todo el corredor, Dove extendió su mano como intentando atraparlo pero éste se desvaneció dando pasó a la noche. Al día siguiente, el 3657, y a la hora de siempre, justo un minuto antes de que naciera el Sol de nuevo, Dove se levantó del catre como un autómata y se agarró con fuerza a los barrotes de su celda. Su cuerpo tísico contorsionado contra el acero hacía que pareciera uno más de los barrotes. Miró hacia el fondo del corredor, donde doblaba hacia algún lugar que ya no recordaba, pues no salía de su reducto desde hacía diez años y siete días. El peor castigo para un hombre de allí eran sólo dos dígitos en un papel y una pluma dislocada capaz de esgrimirlos. El código 09 era el máximo nivel de peligrosidad que puede tener un recluso, aderezado con un uso analfabeto de la “metafísica”. En las primeras líneas de su informe ponía que Dove era un enfermo y esas fueron seguramente las únicas palabras verdaderas que se podían extraer de entre tanta ignorancia atrezada.
Las manos de Dove quedaron pegadas al acero debido a las bajas temperaturas. Su mirada era nula, la de un cadáver muy marchito, sus dientes castañeaban como intentando encender un fuego. A menos cero los primeros rayos de luz no calientan pero curan las heridas que provoca la conciencia cuando es de noche y te acuerdas de quien eres y donde te encuentras. Cuando le preguntaron a Dove por todas las locuras que había cometido éste respondió “Vivía en un pueblo demasiado pequeño y nunca encontré la salida”. Dove había nacido en una comunidad estrecha tanto en lo geográfico como en lo cultural. Nunca pudieron entender a un hombre, por encima negro, que quería saber el porqué de las cosas que no se saben, precisamente porque no poseían esa capacidad y, por ello, decidieron anularlo para así aliviar el miedo a lo desconocido y reafirmarse en su feudal ignorancia.
La escarcha se derritió de su mono y volvió a correr la sangre por sus venas. Echó el día pegado a los barrotes hasta que al fin comenzó a extinguirse la luz. Los rayos ultravioletas pasaron frente a su celda tan esquivos como siempre, pero esta vez gano él, extendió su mano y se agarró con fuerza, lo había intentado durante 3657 días, su extrema delgadez hizo que todo fuera más sencillo, pudo escurrirse entre el acero y fundirse, más liviano que un fotón, con los demás rayos del Sol. Al torcer la esquina del corredor consiguió ver la puerta por la que había entrado diez años y siete días antes, tras ella, una naturaleza esplendorosa, enrojecida de Sol poniente. Vio ciervos en el bosque y voló junto a bandadas de estorninos que regresaban a casa, quiso detenerse para contemplarlo todo pero el Sol tenía prisa y tiró de él hasta más allá del horizonte. Fue la piel de Black Dove quien tiñó de negro aquella noche.



Jenny no sólo se hacía llamar como una mujer, ahora también vestía como ellas. Entró en la tienda del señor Peter, simétricamente arreglado, que no tardó en reconocer el color quebrado de sus mejillas, el maquillaje era tan caro como encubridor pero no lo suficiente. Jenny se desorbitó entera al vislumbrar el último modelo de Jean Paul Gaultier.
MR. Bear, así le apodaban por su gran cantidad de pelo corporal y por la ponzoña que portaba pegada a él. Otros le llamaban black bear, pues su inmensa barriga siempre estaba llena de una pasta negruzca, la desafortunada mezcla de grasa y alquitrán que se desprendía de los trastos que arreglaba. Era su vida, pero a Peter, su hijo, no le gustaba que su padre fuera un oso cervecero y analfabeto que dedicaba todo el tiempo del mundo a destaponar alcantarillas y ver los partidos de la NFL. Lo cierto es que Mr. Bear era el único oso cervecero y analfabeto de la Beauty Forest, una urbanización para gente muy adinerada, donde Bear se ganaba la vida como arreglador de cualquier cosa. El padre de Peter no ganaba lo suficiente como para mantener a su hijo allí, pero el colectivo de caballeros de Beauty Forest hacían una donación anual para que el chico tuviera un sitio en la escuela y al club de tenis. Una profesora de la Beauty Forest School le había confesado a Peter que para ser un hombre culto tendría que conocer muchos conceptos y éste confundió -lo hizo durante toda su vida- conceptos con palabras. Aquellas navidades, el joven Peter había pedido un diccionario al club de caballeros en lugar de la típica raqueta de pádel.
Jenny - ¡Me encanta!
Peter - Esta es una pieza que requiere más argumentos. (A sabiendas de que la pobre Jenny no era una persona que supiera muchas más palabras.)
Jenny - ¿Cuánto cuesta?
Peter - No está a la venta, al menos no lo está para personas como usted.
Jenny - Me está diciendo que no me vende... porque soy...
Peter - Acaso. Intuyo que es usted un travestista o transformista ¿Estoy en lo cierto?. (La gente inteligente usa "acaso" en lugar de "quizá", pensó.)
Jenny - ¡Sí, está en lo cierto! ¿y usted no se considera un travesti? pues... ¿sabe? usted es uno de los nuestros vistiéndose con esa corbata a cuadros príncipe de Gales para aparentar ser la persona que desea. La única diferencia entre usted y yo es que usted no lo logra. ¡Váyase a la mierda!
Peter reconoció cierta palpitación en su orgullo al ver que Jenny, una mujer infranormal, conocía el concepto "cuadros príncipe de Gales". Le pareció incluso una blasfemia que un burdo travestido utilizara palabras superiores para herirlo. Peter pensó durante unos segundos la respuesta, los justos como para no llegar a destiempo y parecer un hombre poco locuaz, desarmado.
Peter - Baladí. Su comentario me parece baladí y le pido que abandone mi negocio. (Pensó en catalogarla como "trivial", un adjetivo culto pero quizá no lo suficiente para tal ataque. Luego se acordó de "baladí", eso es, "baladí", eso sí es un contraataqué, una palabra que posiblemente ni entienda. La había aprendido por la mañana, en un discurso de un político conservador que descalificaba a la oposición.)
