Biorrelatos: pajamas mom

Suele suceder en pueblos pequeños donde nunca pasa nada.  Jennifer Boys, así le "apellidaban" en el colegio por su éxito con los miembros del equipo de Futbol. Ahora, 32 años después, había viajado por todo el mundo en busca de un sueño que nunca alcanzó, quizá ser únicamente Jennifer boy, en singular. Dicen que llegó a trabajar hasta en un circo.  Ya no conservaba siquiera su viejo apodo, ahora tenía uno nuevo, Pajamas Mom, obra del mismo aquelarre que dio cruz a su juventud. 
Jenny nunca fue culpable del crecimiento temprano de sus pechos ni tampoco de su perfecta forma ovoidea. El 14 de enero de 1950, Bobby lamb fue el único capaz de sacar 10 en la asignatura de dibujo técnico. En la última pregunta había que dibujar un óvalo a mano alzada. Bobby era uno de esos chicos que armaban pequeños barcos de madera, de pensamiento en forma de autopista con pocas salidas, lineal, meticuloso y milimétrico. El aquelarre decidió restar mérito al mérito de Bobby, alegando que había copiado de las tetas de Jenny. El orgullo de bobby se derrumbó al observar como su proeza se convertía en un chiste obsceno y se desparramaba por todas las bocas del recreo. Bobby se sintió sucio, ridículo y miserable por ser el pierrot del año mientras el aquelarre curaba su complejo de inferioridad a base de reducir cabezas inteligentes. Ese mismo año, Jennifer abandonó uno de sus mayores placeres, los batidos growing-cao con avellanas, como último recurso para detener el crecimiento inquebrantable de sus senos,  entre ellos, un triángulo de las bermudas perfecto donde se estrellaron todos los hombre que conoció. 
32 años después, la pobre Jenny  se preparaba para bajar a su bebé por primera vez al parque. La niña tenía a penas unos meses pero ya padecía una risa constante que le afeaba la cara, era uno de esos bebés que no saben sonreír.  Jenny se despojó de su camisón y se enfundó en su nuevo uniforme de mamá, un chándal deportivo, quizás demasiado deportivo, muy flojo, sin estilo, con fibras porosas que filtran el sudor y dos líneas refulgentes para correr por las noches y evitar un atropello. Lo compró el día anterior en los almacenes Clark & Clark Junior de su tío Clark, pero la atendió su hijo, el primo Clark. A primera vista no le gustó, nadie se lo había probado nunca, lo que propició una rebaja del 80%.  

Clark -Llévatelo, Jenny, nadie lo quiere porque no está a la moda, quiero decir, no es uno de esos bonitos disfraces de deportista con los que pudieras encontrar pareja mientras haces footing. Pero, creeme, es un ferrari comparado con todos ellos.

Jenny, divorciada y sin pensión, trabajando a doble jornada en una fábrica de cubertería, accedió casi sin remedio. 
Eran las 12:00 p.m. cuando Jenny, Jennifer Boys, accedió orgullosa al recinto para mamás y niños del parque Green Stone. Su llegada significaba una presentación oficial para todo el elenco de madres y bebés, incluido el aquelarre, que no tardó en pronunciarse.

Aquelarre -Chicas, mirar quien acaba de llegar... ¡pajamas mom!-

Jenny no pudo evitar escucharlo pero sí pudo comprobar como efectivamente la vida es simplemente una circunferencia por la que transcurrir y como siempre acabas regresando al mismo lugar. Lo que le sorprendió es que algunas personas permanecieran en ese mismo lugar durante toda la vida, sin ir a ninguna parte, curando su aburrimiento a base de reducir cabezas inteligentes.